giovedì 16 febbraio 2017

SP 24 FEB 2017

Como Marìa damos todo al Señor (art. 18, 63)
«Le he dicho a Dios:
“Tú eres mi Señor, ningún bien tengo sin Ti”» (Sal 16,2)
Como María, la humilde sierva que lo dio todo a su Señor… nos hacemos disponibles sin reserva para un servicio a la juventud necesitada, convirtiéndonos en signo de la gratuidad del amor de Dios (Const. art. 18).
El icono mariano de la visita de María a la prima Isabel (Lc 1,39-56), nos hace contemplar cómo María ha escuchado el mensaje de Dios y ha iniciado su “peregrinar en la fe” pronunciando su “heme aquí”, su disponibilidad a acoger el proyecto de Dios en ella. Rápidamente se puso en camino desde Galilea hasta Judea para llegar a la aldea donde habitan Zacarías e Isabel, y así, servir a la prima, próxima a dar a luz a Juan, el precursor de Jesús. Lo de María es un ir rápido con celo, con cuidado y sin “perder tiempo”. Esta disponibilidad interior es el signo de un corazón pobre. Solo un corazón pobre, en efecto, puede estar abierto a las necesidades de los demás, al grito de los pobres, porque es capaz de audacia, de intuición de las verdaderas necesidades de los pobres y de encontrar las respuestas adecuadas a sus necesidades. Un corazón pobre, es más sensible a la pobreza de la gente: sabe decidir, acoger, superar.

La pobreza del corazón, como liberación de toda forma de individualismo, es el presupuesto para la misión: el sacrificarlo todo nos hace prontas a “cooperar con Cristo en la salvación de la juventud” (art. 22 e 26).

Jesús llama a los Doce y los envía a la misión con palabras que vibran de urgencia y de tensión, de compromiso radical y de pobreza. No se distinguen ni por virtud, ni por habilidades particulares o cualidades específicas. Si les falta algo en el desempeño de su encargo, se les dará en el tiempo oportuno: se requiere de ellos no servirse de los propios medios de apoyo o de propaganda; por tanto ninguna mochila, ni pan, ni dinero, ni vestido para cambiarse... y ni siquiera buscar una habitación más cómoda (en una casa, permaneceréis hasta que os vayáis de allí). Las recomendaciones son: el anuncio, el llamado a la conversión, no el éxito. Si no tienen éxito, no les debe importar, deben simplemente ir a predicar a otro lugar.

A María no se le dirigió la palabra misión. No era necesaria, porque nadie más que ella se sentía enviada, en la absoluta singularidad de su existencia, de total servicio a la causa del Verbo: aquella causa que era totalmente suya y ella se empeña en transmitirla a quien tiene necesidad. La unión íntima con Cristo en su condición de madre dilata el espacio de su servicio misionero: aferrada a Cristo y conquistada por su amor se convierte en su más fiel reflejo.

Aquello que destaca al discípulo-misionero no es su valor humano, su creatividad espiritual, su influencia religiosa, sino la llamada de Jesucristo, la misión que ha recibido, el sello que le ha sido impreso... El apostolado no habla en nombre propio, sino en nombre de Cristo. No se deja guiar por la propia ciencia o por la propia experiencia, sino por la palabra de Dios y por la misión recibida.
El llamado de Jesús está centrado en la pobreza y en la valentía. La misión exige, ante todo, la donación total; las manos deben estar vacías.
La pobreza evangélica nos permite seguir a Jesús “con corazón más libre” (art. 18), “disponible sin reservas” a la misión, “convirtiéndonos en signo de la gratuidad del amor de Dios” (art. 18). La pobreza nos libera el corazón porque nos abre a la comunión de bienes (cf. art. 25), desprendidas de “cualquier cosa temporal valorable en dinero” (art. 19). Nos libera “del individualismo y del deseo de poseer” (art. 21). En la misión nos hace superar las formas del asistencialismo que no favorecen los procesos de promoción de las personas.
La pobreza cuando es auténtica nos dispone con mayor eficacia a ayudar a “las jóvenes a liberarse de la esclavitud de las cosas y a formarse en la capacidad de compartir y de donar” (art. 23). Nos da la fuerza para ser coherentes y dar visibilidad al estilo evangélico de vida, un estilo sobrio que “nos sustrae de la lógica de superioridad y de dominio”.
El celo con el cual María sale, nos muestra que el partir no depende de la capacidad de las personas, sino de aquello que ha acontecido. Porque las cosas bellas que suceden, María las quiere compartir, las quiere llevar los demás.
No basta estar conscientes de nuestra pobreza, esencial y existencial, sino que es necesario vivir como María, en esta pobreza, acogiendo en nosotras mismas los sentimientos de nuestro hermano mayor: Jesús, y dilatar el espacio de nuestro servicio misionero para ser verdaderamente hijas, hijos, hermanos y hermanas entre nosotros.
* * *
Preguntémonos:
v  ¿Cuáles actitudes, coherentes con la experiencia de María, me parece que pueden brotar de un corazón pobre, donde Él es el Señor, la única riqueza?

v  ¿Cuáles opciones de sobriedad personal, motivadas por una respuesta de amor a Dios y hacia los otros, vivo en mi pequeño contexto?


v  La misión supone una premura para cumplir aquello que es necesario. Y yo, ¿por qué tengo prisa? ¿qué motiva mis prisas?

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