Maria AUSILIATRICE

Maria AUSILIATRICE

domenica 24 settembre 2017

SP 24 set. 2017

1.    La Virgen – Éxodo 3,3-8
Desde los tiempos antiguos la Iglesia ha buscado, entre las páginas de la Escritura, imágenes y símbolos que pudieran ayudar a los creyentes a acercarse al gran misterio de la virginidad fecunda de María. ¡De una mujer que fuera al mismo tiempo virgen y madre, nunca se había oído hablar en la tierra! ¿Cómo imaginar el milagro? ¿Cómo describirlo? Una de las imágenes preferidas de los Padres de la Iglesia para presentar esta realidad es aquella de la zarza ardiente, en la cual el Señor se reveló a Moisés en el Horeb.

El Patriarca de Antioquía Severo (siglo VI), en una homilía afirma: “Cuando dirijo la mirada a la Virgen Madre de Dios e intento esbozar un sencillo pensamiento sobre ella, desde el inicio me parece escuchar una voz que viene de Dios y que me grita al oído: ‘¡No te acerques! ¡Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás es tierra santa!’. Acercarse a ella es como acercarse a una tierra santa y llegar al Cielo”. Cierto, como dirá Ambrosio: ‘María no es el Dios del templo sino el templo de Dios’. Por tanto, no debemos, como Moisés, acercarnos a ella calzados porque en su vientre está Dios que se revela y lo hace en el modo más cercano y transparente, revistiendo la carne del hombre.
Un himno mariano del siglo VII, se dirige a María así: “Tú eres la zarza vista por Moisés en medio de las llamas y que no se consumía, la cual es el Hijo de del Señor. Él vino y habitó en tus entrañas y el fuego de su divinidad no consumió tu carne. ¡Intercede por nosotros, oh Santa! La virginidad perfecta de María, en efecto, que no consiste en absoluto en la renuncia a amar, sino en la disponibilidad a amar y a dejarse amar sin medida, permite a Dios en persona hacer morada en ella: el Hijo viene, por tanto, a habitar en su vientre y, toda su persona, su cuerpo, su inteligencia y su voluntad, son envueltas y compenetradas por el fuego del Espíritu Santo. María, así, está delante de nuestros ojos como la zarza ardiente está delante de los ojos de Moisés: sobre ella desciende el fuego teofánico y en ella Yahveh se hace presente y se experimenta.
La zarza arde en miles de páginas marianas como signo de la virginidad y de la maternidad de María. Incluso, el arte hereda la simbología. Así, como a menudo, es verdad que sobre la cima del arbusto en llamas del Horeb se representa a Dios Padre, en el retablo de Nicolás Froment (1475), de la Catedral de Aix, en Provence, está María con el Niño y aparece sobre la copa del arbusto envuelto en llamas. De frente a este maravilloso espectáculo, estamos invitadas a contemplar, a orar y a imitar.

Para orar con la Palabra (Éxodo 3,3-8)
1.      Me ponto en la presencia de Dios. Imagino que me encuentro dentro de la escena, cerca de Moisés frente a la zarza y expreso al Padre el deseo de contemplar e imitar la virginidad fecunda de María ahí prefigurada.
2.      Invoco la ayuda del Espíritu Santo repitiendo lentamente esta (u otra) oración: “Espíritu Santo, siembra en mí el árbol de la verdadera vida, que es María. Riégalo y cultívalo para que crezca, florezca y produzca abundantes frutos de vida. Espíritu Santo, hazme profundamente devota y bien dispuesta hacia tu divina esposa María. Hazme confiar en su amor materno y pronta para recordar su misericordia. Con su colaboración forma en mí a Jesucristo viviente, grande y fuerte, maduro y perfecto en su edad. Amén” (San Luis Grignon de Montfort).
3.       Leo lentamente el texto de Éxodo 3,3-8. Me detengo en tres puntos:
-el asombro y la llamada (vv. 3-4): ¿Qué provoca mi asombro frente a la virginidad fecunda de María? Hoy el Señor me llama por el nombre también a mí, para que me acerca a ella.
-el despojo y la presencia (vv. 5-6): ¿Cuáles sandalias debo quitarme para poderme acercar a la presencia de Dios en María? A través de ella Dios se revela también a mí como aquel que está siempre presente en mi vida y en la vida de quienes amo.
-el sufrimiento y la promesa (vv. 7-8): Dios se hace hombre en el vientre de María porque escucha el sufrimiento de sus hijos y quiere salvarlos. ¿De cuáles sufrimientos me habla hoy Dios a través de María? ¿De cuáles promesas me quiere hacer partícipe?
5. Termino la oración con un coloquio, corazón a corazón, con María: le expreso mis sentimientos, dudas, fatigas sobre el misterio de su y de mi virginidad y fecundidad.
6. Padre Nuestro.


Después de haber terminado la oración, me detengo a reflexionar un poco: ¿Qué me ha sugerido el Espíritu en la oración? ¿Me ha animado? ¿Me ha invitado a dar un paso de conversión? ¿Cómo pienso corresponder al don recibo en la oración?

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